«Ave María Purísima», decían mis abuelas cuando entraban en casa ajena. Las puertas siempre estaban abiertas en el pueblo y con un pie dentro esperaban la respuesta para poder entrar.
«Sin pecado concebida», les contestaban. Y entonces entraban.
Tú también tienes un pie dentro de mi casa ya. La respuesta que esperas está en el email que te acabo de enviar.